viernes, 10 de junio de 2022

"Hoy crucé el puente..." Narración de Oscar Agurto Saldarriaga

Con mi hijo a cuestas como un guardián y entre el aroma nocturno y la brisa del valle de los caciques, hoy cruce el puente...

Se avivaron los recuerdos en esta inusual ruta de la noche y estacionadas en el malecón por el obligado rojo del semáforo, apretujadas y llenas de gente, las viejas góndolas recibían ofertas : "tortaasss, mangooos, bodoqueessss". Y los inexpertos mercaderes corrían de aquí y de allá, buscando esperanza, alimentando una ilusión entre el calor del sol y la generosidad de un algarrobo que entre el Chira y el asfalto brindaban sombra y paz.

Hoy crucé el puente...y encontré a los churres en la calle corriendo tras una vieja pelota en improvisadas canchas de fútbol con dos piedras como arcos, jugueteando bajo la tenue luz que los focos, que, encumbrados en embreados postes de madera, la regalaban de manera silenciosa. Al final, la charla obligada de siempre. "Dicen que por el callejón sale el duende, mi tío me ha dicho que sale con un sombrero gigante y comienza a bailar. Yo si lo veo me las pico carajo...Ah, han visto ese hueco en el cerro, si te metes por allí llegas hasta donde está el lagarto encantado -el que es de oro- que vive en la nariz del diablo. Pero el que entra ya no sale nunca. En la puerta del hueco está la tijereta, es un pájaro negro que sólo sale de noche, como las lechuzas, pero cuando canta, seguro que alguien se muere..." Las historias transitaban por las mentes de los agitados deportistas que, sentados en las veredas de las casas vecinas, se convertían en vivaces narradores de historias sin fin hasta que muy avanzada la noche a los gritos de..."Tilo, Wilmer, Tachuela, Cau y otros" sus madres los llamaban a casa para dormir.

Hoy crucé el puente...y caminando de madrugada canasta en mano y un saco vacío y medio escondido, vi como los tallos y las hojas de las plantas dibujaban extrañas siluetas que la luz de la luna proyectaba en la oscuridad que precede al amanecer. Sonidos raros y un corazón agitado por el miedo, no fueron suficientes para detener la búsqueda de mangos, mameyes o paltas que alimenten el sueño de algo mejor. ¿Algo mejor...? era sólo una frase, pero encerraba el pequeño motor para impulsar la creencia de que se podía encontrar algo mejor. Sin chacra, sin propiedades, sin un solo metro de tierra que se pueda decir "mío", solo la solidaridad de la gente hacía que podamos crecer con alegría, con esperanza, con ilusión...

Hoy crucé el puente…y entre los gritos de "pásala, patea carajo, maquéalo bien y tantos otros" que se proclamaban con insospechada libertad en el viejo campín, una cancha de tierra, recordé el recinto obligado de tardes de peloteros y amigos del barrio. "Oe ya, jugamos veinte, veinte y primer gol se quita el polo. Sin trampas ahh. Hay que marcar las áreas con ceniza, jueguen despacio y el que mete la bola donde la "Capri" (se referían al bar La Caprichosa") la va a pedir. Ah, sí quedamos empates jugamos diez y diez pa ver quien se come el pollo y paque jueguen los demás". Y allí, en ese pequeño torneo mundial, donde no había un árbitro y se confiaba en la palabra y se pedía la opinión de un mayor para sentenciar si un gol fue hecho dentro o fuera del área y se le daba un reloj para que controle el tiempo, también se recorrían para el deleite de la afición los chupetitos, los chocolatines, los tamales de choclo verde y la chicha morada. Y allí crecimos, entre el coraje del barrio, la tradición de la gente, el murmullo de la amistad y la majestuosidad de los cerros del cacique.

Hoy crucé el puente y la nostalgia me volvió niño y encontré a mi madre jugando con mis cabellos ensortijados, apostado en su regazo, mirando como de a poquitos se encendían los focos del pueblo. Me preparaba para acompañar a mi padre, y pegados a nuestra vieja radio a pilas sintonizar RNE...Radio Nacional Espejo (una radio del Ecuador), para escuchar las historias de "El Rayo de Plata" con su soñador "serranito" o los actos justicieros de "Porfirio Cadenas" y también los consejos de "serenidad y paciencia mi querido amigo, mucha paciencia..." del gran Kalimán. De allí también me alimenté y seguro hay más historias.... Por hoy, creo que es suficiente, pues me dio una gran alegría cruzar el puente y espero no dejarlo de hacer.

Oscar Agurto
Saldarriaga




martes, 7 de junio de 2022

"El sueño del pongo", cuento de José María Arguedas

Con este cuento, “El sueño del pongo” José María Arguedas patentiza el trato discriminatorio a la raza indígena y que propone reivindicar a través de su obra como escritor y antropólogo.

Las celebraciones a realizarse en este mes de julio del 2021, no deben solo relacionarse por los 200 años de la independencia nacional, sino también abarcar desde la llegada de los delincuentes españoles liderados por el tal Pizarro, sujeto asesinado por uno de su propia pandilla, esto es hace 500 años.

La raza indígena sigue sojuzgada, con la llegada de los españoles y con quienes en estos 200 años de independencia dominan nuestro país

El mensaje que Arguedas grafica en el cuento “El sueño del pongo” aún sigue vigente en la realidad peruana. Basta por este cuento al escritor se le debió asignársele el premio Nobel de literatura, claro que fue instaurado después, y de ninguna manera a quien se lo dieron.

El texto de este hermoso cuento lo presentamos aquí…

“Al que le caiga el guante que se lo chante” …

“El_sueño_del_pongo”

Un hombrecito se encaminó a la casa ­hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas, viejas.

El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.

- ¿Eres gente u otra cosa? -le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio. Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.

- ¡A ver! -dijo el patrón- por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas sus manos que parece que no son nada. ¡Llévate esa inmundicia! -ordenó al mandón de la hacienda.

Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.

***

El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. “Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza”, había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.

El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. “Si, papacito; si, mamacita”, era cuanto solía decir.

Quizá a causa de tener una cierta expresión de espanto y por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el Ave María, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.

Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.

-Creo que eres perro. ¡Ladra! -le decía.

El hombrecito no podía ladrar.

-Ponte en cuatro patas -le ordenaba entonces.

El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.

-Trota de costado, como perro -seguía ordenándole el hacendado.

El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna.

El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía todo el cuerpo.

- ¡Regresa! -le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.

El pongo, volvía, corriendo de costadito. Llegaba fatigado.

Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el Ave María, despacio rezaban, como el viento interior en el corazón.

- ¡Alza las orejas, ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres! –mandaba el señor al cansado hombrecito. -Siéntate en dos patas; empalma las manos.

Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.

Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.

-Recemos el Padrenuestro -decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.

El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba, en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.

En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda.

- ¡Vete pancita! –solía ordenar, después, el patrón al pongo.

***

Y así todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos.

Pero... una tarde, a la hora del Ave María, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hombrecito habló muy claramente. Su rostro seguía un poco espantado.

-Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte -dijo

El patrón no oyó lo que oía.

- ¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? -preguntó.

-Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a quien quiero hablarte -repitió el pongo.

-Habla… si puedes -contestó el hacendado.

-Padre mío, señor mío, corazón mío -empezó a hablar el hombrecito -Soñé anoche que habíamos muerto los dos, juntos; juntos habíamos muerto.

- ¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio -le dijo el gran patrón.

-Corno éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos, los dos, juntos; desnudos, ante nuestro gran Padre San Francisco.

- ¿Y después? ¡Habla! -ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.

-Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. Y a ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Corno hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.

- ¿Y tú?

-No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.

-Bueno. Sigue contando.

-Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: “De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de la miel de chancaca más transparente”

- ¿Y entonces? –preguntó el patrón.

Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta, pero temerosos.

-Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacito. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.

- ¿Y entonces? -repitió el patrón

- “El ángel mayor: cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre”, diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así, el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.

-Así tenía que ser -dijo el patrón, y luego preguntó:

- ¿Y a ti?

Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro gran Padre San Francisco volvió a ordenar: “Que de todos los ángeles del cielo venga el de menor valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano”.

- ¿Y entonces?

-Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. “Oye, viejo -ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel- embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!”. Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando...

-Así mismo tenía que ser -afirmó el patrón- ­ ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?

-No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro gran Padre San Francisco, él volvió a miramos, también nuevamente, ya a ti ya a mí, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: “Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo”. El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.


 Comprensión de lectura

¿Cómo era el hombrecito?
¿Qué le preguntó el patrón delante de las mujeres y hombres que estaban a su servicio y que respondió el pongo?
La mestiza cocinera ¿Qué había dicho del pongo?
¿El patrón que le obligaba a hacer y cómo golpeaba al pongo?
¿Qué sabía imitar el pongo?
¿Quién decía “recemos el padrenuestro”?
¿Qué pasó una tarde a la hora del Ave María?
¿El pongo para qué le pidió permiso?
¿Cuál era el sueño del pongo?
¿Cuáles eran los personajes que estaban en el sueño del pongo?
¿Qué hizo el ángel mayor?
¿Qué hizo el ángel viejo de patas escamosas?
Finalmente, ¿el padre San Francisco qué ordenó al patrón y al pongo que tenían que hacer por mucho tiempo?


Mensaje

¿Qué mensaje nos transfiere el autor con su cuento " El sueño del pongo"?
¿Qué es lo que más te gustó del cuento?
¿Crees que en la actualidad existan situaciones semejantes a este cuento en algunas partes de nuestro Perú?


Buscar en el diccionario el significado de las palabras:

Patrón
Pongo
Mestiza
Hacienda
Siervo
Servidumbre
Vizcacha
Mofa
Resplandor
Escamas
Embadurnar
Excremento
 

Apuntes biográficos de José María Arguedas Altamirano.-

Nació en Andahuaylas en 1911. Quedó huérfano de madre, al cuidado de la servidumbre indígena de la casa, de la cual aprendió el quechua. Viajó acompañando a su padre, que era juez de paz, por Apurímac, Ayacucho, Cusco, Yauyos. Estudió Antropología en la universidad de San Marcos, y se desempeñó como docente en ella y en la universidad Agraria.

Su obra está marcada por un sostenido intento de mostrar al indígena como es realmente, en su cultura: el paisaje, las costumbres, el idioma, la relación con el conquistador, es decir, con el amo. Muchos escritores prestigiosos de la época, como Carda Calderón y López Albújar, presentaban una visión del indio "extraña y tonta", según sus propias palabras, y la obra de Arguedas representa una reivindicación de los descendientes de los pobladores de nuestra América antes de la llegada de Colón.

En 1932 aparece su primer cuento " Warma Kuyay". En 1935 publica su primer libro de cuentos "Agua". En 1937 es encarcelado como preso político en "El Sexto". En 1939 ejerce el magisterio en el Cusco. En 1941 publica su primera novela "Yawar Fiesta". En 1954 publica "Diamante y pedernales". En 1957 consigue el grado de bachiller en Etnología. En 1958 publica "Ríos profundos", 1961 publica la novela "El Sexto", 1962 edita "La agonía de Rasu Ñiti". En 1963 es nombrado director de la Casa de La Cultura. En 1964 publica "Todas las sangres”.  En 1965 publica " El sueño del pongo". En 1967 se casa por segunda vez con Sibyla Arredondo. En 1967 edita el libro de cuentos "Amor mundo" y su obra póstuma "El zorro de arriba y el zorro de abajo". En1968 termina su magisterio en la universidad de san Marcos y casi simultáneamente es elegido jefe del departamento de Sociología de la universidad Agraria, ese mismo año se le otorga el premio "Inca Garcilaso de la Vega". 

 

viernes, 3 de junio de 2022

Pregúntale a la vida

Pregúntale a la vida

A: Mi hermana Aida Villaseca Zevallos
Autor: Jaime Villaseca Zevallos

I

Entre abril y mayo se perdieron los colores en tus ojos,
se durmieron sus latidos en la mar inmensa,
el viento dejó de existir aplastado por la nieve,
las flores del cielo en la noche detenida.
Su perfume se evaporó entre una y otra nube,
sus labios calientes atrapados en el rosado mármol.
El calor es hielo que hiere el alma,
su voz en alas de las aves mudas,
la luna en mi pena quiere ocultarse,
la alegría de tus nietas en una sola lágrima
-Bryanna, Luciana y Mariana-,
un frasco vacío de ausencia y vida,
dulce de tu corazón y de las fresas,
la sal está presa a cambio de liberar tu canto.

II

Le pregunté a la vida:
¿Estaba escrito que tú serias nuestra hermana?,
¿qué hubiese sido sin ti?,
¿quizá no escribiría sin tu dolor ausente?,
¿podré escribir hasta que regreses?,
¿quién me llamará para que pruebe la sazón de tus manos?,
¿serán versos desesperados que abren mis heridas?,
¿en tu ausencia, quién beberá de mis lágrimas?,
¿buscaré el otoño para vivir con la mitad de mi sangre?,
¿caminaré hasta encontrar la profundidad del mar, sin dejar de respirar?,
¿consolaré mi alma, en la sal india que clama la libertad de la vida?,
¿en la bella piel de la noche en que reposa el sol?,
¿descubriré la sonrisa de la luna en tu boca?,
¿la primavera me buscó en su día, en una cuna de flores?,
¿me encontró en medio de la luz del cielo?,
¿aprendí a caminar en la inocente oscuridad?,
¿empecé a hablar escuchando a los grillos, en el griterío de la lluvia?,
¿mirando a las hormigas empecé a pensar?.
De pie, mi alma viva ve al león de la maldad
viniendo a devorarme,
mi escudo está hecho de mucha fe.

III

A veces me pregunto si el dolor me hará vivir más.
De mi llanto sacaré rosas escarlatas,
para que mi corazón desate el nudo y respire,
para que huyan los días secuestrados,
para que los ríos regresen a sus cauces olvidados.
Cuando cante el chilalo, la tarde amanecerá despierta,
las osamentas humanas se levantarán eternas,
y el aire libere en el aroma de las flores
el secreto del cálculo y su reflejo,
en la carga estacional de los árboles,
el orden en que caen las hojas y vuelven,
la voz que solo escuchan las estrellas y las sostiene.
El pequeño pájaro que cruza dos mares con sus alas divinas,
en cada segundo un día,
un día de mil años en el tronco de un secoya,
el día que muere en el alma bella de la mariposa,
la voz que esperan las tumbas calladas,
en el día de mil años.
Los peces me enseñaron a nadar,
el vino terminaba de fermentar en tus labios,
a tu paso, las flores liberaban su perfume,
la música del aire fresco en el blanco y negro,
de las orillas y notas del dolor.
Las calles han notado que te has ido con tu sonrisa dormida,
mirando el cielo.

IV

Le pediré perdón al sufrimiento que no era tuyo,
cuando apareció tu sonrisa en un ventanal,
me acordé de mi amor temprano,
cuando besé las pecas de la china, era un niño,
lloraste mi desengaño para que no me lleve el dolor que me persigue.
Cuando el fuego se batió con la noche,
entre cadenas y espadas,
aparecieron las estrellas,
el polvo de los primeros metales en la cola de un ave celestial,
en la mano de un niño, el cometa zumbador asombra a las aves.
Cae la lluvia sobre el suelo con su alfombra verde,
la semilla se inclina entre oraciones guardadas,
crece
        crece
                crece
hasta encontrar multiplicada su semilla en el fruto,
se abre el ¡ay! del primer parto,
la luna exhibe su blanco seno,
la función perfecta en la leche santa y protegida,
el diseño del equilibrio y el movimiento en nuestros huesos.
Esta prosa ha empezado y no termina.
La escribiré dentro de mí para no olvidarte,
entre dulces espinas para recordarte.
La vida que viene
no tendrá final...

Sullana - Perú, 7/10 mayo de 2022.
Derechos reservados y de autor.

lunes, 21 de marzo de 2022

Ventura Amoroso, vivía enamorado de todas las mujeres…

(Cuento, Pags. 50, 51 52, 53 Y 54)

Compañía eterna

Ventura Amoroso, vivía enamorado de todas las mujeres y de ninguna en particular. Así, en sus notas íntimas figuraban nombres inacabables de mujeres. Unas con nombres de dos sílabas; otras con cuatro sílabas; y así gradualmente hasta alcanzar nombres de diez sílabas. Como era un hombre sumamente ordenado clasificaba los nombres en orden alfabético, además eran nombres de fácil recordación. Si cometía algún error de ortografía, manchas desagradables de tintas, huellas dactilares, rezagos de grasa, u otro signo de descuido, esa página terminaba en el tacho, hecha añicos. Él se sometía a ese rigor disciplinario, no porque le daba la reverenda gana, sino como lo había manifestado varias veces delante de sus amistades: ¡El nombre de las mujeres debe ser cuidado con el esmero de todo hombre enamorado!

Carátula del libro
"Compañía eterna"

Pero, del dicho al hecho hay mucho trecho, y este adagio no incomodaba a Ventura Amoroso quien más bien recurría a su uso para acomodar y dar veracidad a sus historias que nacían de las páginas fantasiosas que circulaban por su cabeza. Y la gente, a sabiendas que lo que bullía en su cerebro era una retahíla de historias inconsistentes, le dejaba hablar, porque era una manera de ser copartícipes de algo que les era negado y así, al menos a través de otro, disfrutar de la voluptuosidad de tantas mujeres que circulan por doquier. De esta manera, a través del placer de las palabras, se transportaba a los lechos de todas esas mujeres que aparecían en su famoso cuadernillo de notas. Al costado de cada nombre, resaltaba minuciosamente sus cualidades especiales de hacer el amor, de sus perfumes, de sus ropas sedosas, de su hablar misterioso y de otras virtudes inherentes a la femineidad de cada mujer que caía en sus brazos. Y para desenfreno de sus oyentes, les restregaba el cuadernillo íntimo por sus narices, avivando de esa manera sus espíritus y el deseo de que algún día -no muy lejano- ellos también logren ser partícipes de esos placeres vedados. Cada mujer -les decía para soliviantar sus pasiones- que aparece en esas hojas solitarias ha estado en mis brazos una sola vez; repetir el mismo plato es un pecado y yo, como soy un hombre pulcro, mantengo ese principio.

Orgulloso de su soltería, Ventura Amoroso hacía ostentación de sus viajes. Se desaparecía por lo menos una vez por mes y en cada uno de sus viajes dejaba una estela de fragancias, huellas de sus pesadas maletas y del tropel de asistentes que lo acompañaba desordenadamente al Aeropuerto de la ciudad. Todo eso seguido de un largo reguero de inconfundible olor acre que despedían las envidias de los machos despechados, cubiertos -sin que ellos se den cuenta- de un manto denso de sorna que hacía rebullir borborigmos de satisfacción en el estómago de Ventura Amoroso. A medida que se distanciaba, se iba agigantando su lustroso pasaporte diplomático, de cuyas páginas se iban desprendiendo miles de los sellos borrosos de las oficinas de migraciones de los países que él visitaba. Manera indirecta de hacerles saber que tenía que renovar su documento oficial en períodos relativamente cortos.

Tan cegatona es la gente, que cuando se empecina en alcanzar lo que supone que les falta para ser felices, pierden la brújula prontamente y terminan no viendo más allá de un palmo de sus narices. Ventura Amoroso, como era de suponer, había inventado su propia vida y vibraba de gozo al saber que sus propias mentiras, para otros, eran realidades verdaderas. Se reía por dentro, a sabiendas que hasta con sus viajes los tenía embaucados, con el truco del doble engaño: Uno, a los amigos que lo despedían por el frontis y dos, a los que lo recibían por la espalda de su mansión. A los dos bandos, sin excepción, les devolvía los saludos con su mano izquierda -entrenada para estos menesteres- y con una sonrisa sarcástica, distribuida en su cara casi angelical. Sus viajes pomposos consistían en un darle una vuelta a la manzana, al principio de cada mes. Con estos engaños, no le hacía daño a nadie –se justificaba Ventura Añoroso-y que más le daba la felicidad tan ausente en sus amigos.

Dentro de su casa se dedicaba a reinventarse, a escoger nombres nuevos de mujeres y a sustituir los cuadernillos del mes, por otros nuevos. Con la renovación de las mujeres, tampoco se quedaba atrás. Las paredes de su mansión estaban empapeladas con afiches de películas, mujeres de todas las nacionalidades que recortaba de revistas para adultos y fotos ampliadas de las artistas de cine más hermosas. Tan meticuloso era el bendecido hombre, que cada cierto tiempo las iba reemplazando por nuevas y tenía bajo llave los salones donde colgaba su galería de fotos sagradas; sus mujeres eran de él y de nadie más. Y alucinaba que antes de morir tendría que testar, para que cada una de ellas en su ausencia definitiva, no saliera por las calles a mendigar mendrugos de pan podrido para alimentarse.

Hasta hoy, sus amigos no cesan de visitarlo, siguen creyendo en él y esperan que algún día, tarde o temprano, les abra el cofre de las fantasías, y así apropiarse de todo lo que ahí él atesora y formar parte de un círculo íntimo para que él los lleve de la mano al mundo del gozo desenfrenado. Se advierte a las mujeres del orbe imaginario que se pongan a buen recaudo, pues un grupo desenfrenado de hombres frustrados y solterones empedernidos saldrá pronto a las calles, a robarse las fotos de las mujeres más bellas de los estudios fotográficos, magazines, revista de culto a las mujeres y de cuanto haya en las vidrieras de los escaparates que exhiben mujeres al tamaño natural.

Advertidas están, de no intimar con ellos; son seres anormales, de cabeza voluminosa, de ojos libidinosos, caminan con la cabeza gacha, las manos en los bolsillos, fingen llamarse Ventura Amoroso y ahora recurren a las nuevas tecnologías: la cibernética es su nuevo entretenimiento.

Eduardo Borrero Vargas
Antologia del libro “COMPAÑÍA ETERNA”
(Pag. 50, 51 52, 53 Y 54)


domingo, 12 de diciembre de 2021

Los “Cuentos Tallanes” de Víctor Borrero Vargas

Crear historias y contarlas a otros con la elocuencia directa y casi natural, que parecen verdades tomadas de la realidad misma, es todo un oficio que convierte al narrador en un hechicero, en un contador de mentiras, que formalmente por razones de convivencia humana: las mentiras se van transformando en verdades, en el largo camino de la vida.
Esas mentiras que la tribu humana aplaude, que los críticos literarios llaman novelas o cuentos, que pueblan también la imaginación de los pobladores de una región, a lo largo del tiempo se convierten en obras maestras. Historias que le dan brillo a las mediocres vidas de esos hombres y mujeres, cuyas existencias prosaicas muchas veces no son tan importantes.
Los pueblos originarios tienen sus narradores orales, sus contadores de cuentos, que cuando se transforman en comunicadores, y escriben sus verdades en páginas de libros, son muchas veces temidos como “reveseros”, “ardilosos”, “fascineros” y “pendencieros”. Sus enemigos los acusan de “adefesieros”, pero sus lectores anónimos, que los aplauden y los veneran, ensalzan sus historias como verdades notables, y son excelsas “fantasías”, que brotan del espontaneo humano, de la inconformidad social, de la insatisfacción y de la rebeldía personal; de allí nace entonces toda la literatura actual que pregonan los escritores.
Escribir sobre Víctor Borrero Vargas (1943-2008) es para mí un desafío, un hablar de fantasmas, una confesión de piurano “a piuranos”. Como yo, Víctor Borrero nació en Sullana, en el peregrinar de una familia de clase media. Ambos tuvimos que migrar para estudiar y académicamente hablando descubrimos la “historicidad” en un momento de grandes contradicciones sociales que vivió el país, lectores de Jean Paul Sartre, Maurice Merleau-Ponty, y Albert Camus; además de ser admiradores de los narradores argentinos Roberto Arlt, David Viñas y Eduardo Mallea, como más de una vez conversamos.
Su obra narrativa, se desencantó de la narrativa urbana: de la interioridad insular, del movimiento vertiginoso de las idas y vueltas de lo inasible y lo descriptivo. Más bien, su narrativa asume una dialéctica viva entre profundidad y mundo, entre interioridad y exterioridad, en la demostración de la personalidad social y de la psicología de conducta. Interesada más por la semántica y lo freudiano, por los comportamientos y las heridas narcisistas de sus personajes.
Sus cuentos van hacia la síntesis, a los vasos comunicantes de lo inconveniente de las vidas de estos “ex hombres” que pueblan sus narraciones. Es una obra extensa, que sin embargo no ha entusiasmado todavía a los críticos literarios, tal vez por las dificultades para entender el marco social de referencia donde se desenvuelven las ficciones y sus protagonistas: “El alma de Torres” (1987), “Jijuneta y Alma Mía” (1991), “¡Derrama tu sangre, Abraham!” (1994), “Tres mujeres contra el mundo” (1995), “El sueño de Onésimo” (1999), “Happening en la Milla Seis” (1999), “El pecado es un pasatiempo solitario” (2001), “Cabo Blanco” (2001), “Cuentos Tallanes” (2012) y “Nuevos Cuentos Tallanes” (2012). Tiene también “Tangarará” (1993), una pieza de dramaturgia de tres actos, sobre la primera ciudad española en territorios tallanes, en cuyos escenarios desfilan actores históricos: Francisco Pizarro, Diego de Almagro, Fray Vicente Velarde, Hernando de Soto y Nicolás de Rivera, por el bando hispano; y los caciques nativos Lachira, Maixavilca, y Almotaxe, tomados del referente de los cronistas.
Su narrativa adopta lo real: de la estructura gramatical de la oralidad piurana, y la forma significativa onírica de una aproximación a Juan Rulfo: coincidencias que transitan y se bifurcan en sus textos, pues todos sabemos las enormes similitudes de la vida social, el paisaje, las ropas, las costumbres y el habla de los mexicanos con los piuranos. La esfera de las significaciones sociales y culturales de sus “Cuentos Tallanes” tiene también encuentros con la narrativa tarmeña de los cuentos de “Ñahuin”” y “Taita Cristo” de Eleodoro Vargas Vicuña, y del primer narrador Eduardo González Viaña, en los relatos de “Batalla de Felipe en la casa de palomas”.
Sin duda, la obra maestra de Víctor Borrero Vargas es ese puñado de “Cuentos Tallanes”, de magníficos sarcásticos, atroces y soberbias historias de un estilo de inesperada perfección, por la visión del mundo que expone, desde una perspectiva de lo popular, propuesta inteligente con una técnica narrativa lucida, donde el ímpetu de idealismo -del narrador- fluye para fascinar, abrumar y mostrarnos el apogeo y la ruina del mundo rural y modeno de una parte del espacio cultural piurano.
“Conambre” es un espacio mítico, una población desesperada e invisible, un lugar imaginario, tal como “Comala” o “Macondo”, el infierno de una utopía inventada por el narrador omnipresente que narra desde una tercera persona -muchas veces- diversos sucesos, y es también, una voz colectiva, que quiere representar un tiempo retorcido, por momentos onírico e interpretativo, una manera ambigua y tortuosa de presentarnos las acciones de los instintos y las pasiones de sus personajes. En la novela “Jijuneta y Alma Mía”, la urdimbre de las acciones de los personajes, nos muestra la épica y el martirio del pueblo talareño en tiempos de la IPC. con un parabólico mensaje de protesta social.
La grandeza de los “Cuentos Tallanes” es que nos hace sentir un intenso contenido simbólico, un mensaje cifrado e histórico de nuestra piuranidad.  


Artículo de Armando Arteaga

Publicado el domingo 07/11/2021 en 
el Suplemento "Semana", Diario El Tiempo, Piura,
 sobre la narrativa de Víctor Borrero Vargas.